Bigotes como felpudos

Seguir calladito sería tal vez la forma más fácil de ocultar la realidad, de zafar de ésta, pero en este momento de mi vida pienso que alguna vez me la tengo que jugar, qué se yo, quizá si me animo a poner lo hechos sobre la mesa sirva para algo, después de todo yo mucho que digamos no podía hacer, las decisiones las tomaban ellos, a mi solamente me quedaba obedecer, callar y seguir respirando, y todo por esos mugrosos billetes arrugados, esos que me pagaban la pieza en la pensión de la tana y algo de lo que comía, porque en realidad la guita era bastante escasa y encima me trataban para el orto, ¡qué hijo de puta el viejo!, flor de cínico y sorete: “dale hermanito, cebate unos matecitos, de esos que vos sabés, con poca azúcar, por mi diabetes, viste”, se los tendría que haber meado, eso tendría que haber hecho, viejo de mierda y cornudo, porque la petisa esa con la andaba bien que lo cagaba con cuanto gil podía, y él la paseaba en el fitito, solo a él se le podía ocurrir ponerle un pasacasete y un pasamagazine a esa albóndiga, y las luces color violeta, parecía un telo berreta o un bondi de esos que de noche van despacito, que te pasean y no llegás nunca, si hasta le había puesto un escape deportivo, cuando tiraba un rebaje sonaba como un pedo, de esos caldosos, espesos, y él feliz, con sus rayban verdes con marco dorado y el bigote como un felpudo, y ya pasaron más de treinta años y recién ahora me llaman a declarar, mierda que es lenta la justicia, hay algunas cosas que me las acuerdo más o menos señor fiscal, calcule usted que fue hace bastante y yo pasé por muchas cosas después, tuve el accidente, bueno accidente no sería la mejor manera de definirlo, a mi me empujaron, calcule usted que para caerse al Riachuelo hay que ser medio boludo o estar tomado, y yo a la bebida nunca me dedique, tal vez no pueda afirmar que no sea medio tololo, pero de ahí a caerme al agua podrida, no eso no, vea voy a tratar de hacer memoria, cuando yo entré a trabajar ahí me parecía todo normal, recién a los seis meses mas o menos me pidieron que fuera a buscar un sobre a una dirección por el centro, creo que por la 9 de Julio era, si, por ahí, en un piso alto, me acuerdo de eso porque cuando subí se veía el Obelisco, después de ese día empecé a ir seguido a buscar sobres, bien cerrados estaban, con cinta adhesiva y firmados encima de la cinta para que no los pudiera abrir, eran sobres de este tamaño mas o menos, gorditos, rellenos, yo solo los tenía que retirar, me los daba el que me abría la puerta y se los llevaba al viejo, sabe, ahora que hago memoria todos los fulanos esos tenían también bigotes como felpudo, y bastante mierdas eran, nunca saludaban ni nada, pero de ahí a pensar algo raro pasó bastante tiempo, un año o más, fue un día cuando yo bajaba del ascensor en una de esas veces que al abrirse la puerta entró el otro que trabajaba con el viejo, nunca supe el nombre, solo que le decían “el negro”, llevaba a un bebé envuelto con una manta porque hacía frío, eso me pareció raro ¿ese tipo con un bebé?, si ni a su madre debía querer, desde ese día empecé a parar la oreja y me fui enterando, para serle sincero ojalá nunca me hubiera enterado, bastante que me pesó todos estos años saber, vió que a veces es mejor no saber, pero supe y acá estoy contándoselo, como le decía empecé a escuchar y a ver, cada vez que llamaban al teléfono que estaba en la oficina del viejo, generalmente por la mañana, me mandaban a buscar un sobre y cuando yo volvía el negro no estaba, cuando él volvía se metía al baño y salía perfumado, yo creo que cuando iba al baño, después de esas salidas se aspiraba una línea, usted me entiende, y ahí se quedaba sentado en un sillón que había a un costado de la entrada, a veces tomando güisqui con el viejo, contentos se los veía, a mi nunca me convidaron nada para tomar, solo cuando cebaba mate tomaba, a medida que pasaban los meses los sobres se hicieron más frecuentes, hubo unos meses que casi todos los día iba a buscar, en esa época el viejo cambió el fitito por un taunus nuevito y el negro se apareció con una moto de esas japonesas como en las series de televisión, pero a mi nunca me daban un peso de más, yo había conseguido el laburo por un conocido del bar de la esquina de la pensión, otro de bigote felpudo con el que a veces hablaba, porque para esa época cuando conocí a este tipo yo andaba haciendo changas por el barrio, algo de pintura o lo que fuera, a veces ayudaba al gallego del bar, limpiaba o acomodaba, una vez hasta de cocinero hice, el fulano ese me preguntó si necesitaba un trabajo serio que él me veía como a un hombre de bien que necesitaba una mano, que fuera a una dirección y preguntara por el señor Méndez, que era el viejo, y ahí fue que empecé a trabajar, para mi que no se llamaba Méndez, algunos lo llamaban Señor, sonaba así con mayúsculas, es increíble como a veces las palabras parecen más importantes dependiendo de como se las diga, ese Señor sonaba así como grande, después me fui dando cuenta que de señor no tenía nada y menos que menos cuando se avivaron que yo me estaba dando cuenta de que pasaba algo y me terminé “cayendo” al río, si por lo menos me hubieran ofrecido unos pesos por cada vez que retiraba un sobre, yo la verdad es que hoy seguiría calladito, pero como le dije antes, señor fiscal, contarlo me hace bien me deja con la conciencia en paz, usted me entiende.

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