Ella, él y…

Pensar que sólo fue mentira es, quizás, lo más sencillo. Abandonarse en la comodidad de la negación me hace bien; bueno, quizás eso quiero creer para no enfrentar la realidad. Pero ¿cuál es la realidad? ¿La del mundo de todos los días, la que vivo en la calle, en mi casa, en mi soledad? O es la que viene a mí cada noche, en cada sueño, en lo más profundo de mi inconsciente. Esa realidad, tal vez irreal, que me acompaña con su caricia aliviadora, que cura mi angustia y esta maldita opresión que me perfora el pecho. Voy a tener que ir al médico. Con una pastillas seguro se me pasa, debe ser el cansancio. “Muchas horas dedicadas al trabajo” me dijo un taxista, con la sabiduría ganada en cada esquina, en cada semáforo, con cada bajada de bandera.– Mirá, no es lo que pensás.
– ¿Cómo podés saber lo que pienso? Si casi ni hablamos. Hace tiempo que no sabés nada de mí, que no te interesa lo que me pueda estar pasando. Para vos sólo existe tu mundo ideal, tus cosas, tu vocación, como la llamás cada vez que discutimos.
– ¿Vas a empezar de nuevo con los reproches? Si es así, decime. Así lo evito y me voy a dar una vuelta por ahí.
– Siempre te fue más fácil escaparte. Refugiarte en lo tuyo, nunca te diste cuenta que estábamos destruyendo algo juntos. Algo que alguna vez soñamos con construir. ¿Te acordás? Para siempre dijimos. ¡Qué boludos! Nada es para siempre, ni siquiera esa maldita palabra.
– Palabras. Cada vez que se te antoja empezar con tus sermones salen tus “palabras”. Siempre pensaste que eras más que yo. Y cada día me lo hacés sentir más de cerca.
– ¿Qué? Acaso sentís. No sabía que tuvieras sentimientos. Pensé que eso era otra cosa que estaba después de tu vida, de tu futuro, de tu arte.
– Bien que cada vez que vendo un cuadro, o una escultura, te gusta tomar vino conmigo. Vino que pago yo, como la mayoría de las cosas.
– ¿Y que querés? Sabés que gano menos que vos.
– Y entonces ¿para qué trabajás tantas horas?
– Ahora me vas a retrucar el reproche, como lo llamás vos, sacando a flote que trabajo mucho, que gano poco, que soy un fracasado.
– ¡Nunca te traté de fracasado! Te apoyé para que terminaras tu carrera, para que hicieras la tesis, el doctorado y para que te fueras de excursión con tus “amiguitas”.
– ¿Amiguitas? Pará, son mis alumnas. Por ese lado no me vas a correr. ¿Y vos? ¿Te miraste al espejo? A algún espejo que no te muestre sólo la cara, que te refleje lo que verdaderamente sos.
– Bien que cuando estábamos en la cama te gustaba como era.
– Eso fue hace mucho y pensé que era amor, tal vez calentura, pero comprendí que fue ceguera. ¿Cómo no te vi venir? Me cagaste de la peor manera.
– Mejor me voy a tomar aire, me hace falta.
– Sí, andá. Ventilate un poco y, si todavía te queda algo en la cabeza, pensá.
Estos boludos no entienden nada. Cada día que pasa los banco menos, me superan. Ni escribir saben. ¿Será como me dijo el Decano? ¿Será que no me hago entender? ¿Que poco a poco voy perdiendo la habilidad que me hizo ganar la cátedra? No puede ser, ¡yo estoy lúcido! Es el cansancio. Voy a pasar por la farmacia. Sí, con unas pastillas vuelvo a ser el de antes. Eso siempre me ayudó. Cuando murió el viejo me sacaron del pozo, seguro que ahora me ayudan.

– Volviste temprano. ¿No había ninguno de tus colegas en el bar? ¿Te dejaron sola? Viste, eso pasa. La gente cuando más la necesitás no está cerca. Parece cómo si supieran.
– Y ¿por qué pensás que fui al bar?
– Porque cada vez que te molesta algo, recurrís a ese antro lleno de humo y de borrachos que se dedican al arte.
– Mirá, estoy cansada. No tengo ganas de discutir. ¿Querés comer algo? Hay unas hamburguesas en la heladera. Las preparo si tenés hambre.
– Bueno, dale. Hoy no comí nada en todo el día.
– ¿Viste que linda está la azalea? Este año floreció más veces que el año pasado.
– Si, la azalea. Ella no tiene problemas. Le dan agua, el sol es gratis, tiene tierra. Y cuando llueve la entrás a la cocina.
– Me hace bien cuidarla. Ya tiene dos años. Le voy a comprar una maceta más grande.
– ¿Qué encontraste en él que yo no te pudiera dar?
– Dale con él. Ya te dije que no existe ningún él.
– Y si no hay ningún él, ¿por qué te compraste ese vestidito floreado?
– Para algo trabajo. ¿Acaso no me puedo comprar algo que me guste?
– Sí, podés. Lástima que te lo pngas cuando salís sola. Se te ven las piernas, es muy corto.
– Una escena de celos ¡lo que faltaba!
– No son celos, es solamente una observación, un comentario. Algo que me lleva a pensar que te pasa algo con alguien. Y ese alguien no soy yo.
– Y si me pasa ¿cuál es el problema? Vos ni me mirás, y mucho menos acercarte, tocarme, respirarme cerca. Y ni hablar de coger. Eso ya no existe en tus pensamientos.
– Ahora también leés la mente. Otro buen curro, seguro. Podés seguir ganando guita con eso también.
– Alguien tiene que traer platita a casa. Si no como pagamos las expensas, el alquiler, la comida, la señora que viene a limpiar…
– Si, y las botellas de vino.
– Dale con el vino. ¿Tanto te molesta que festeje cuando vendo un cuadro?
– Festejá tranquila. Yo no tengo ningún motivo para andar de fiesta.
– Porque no querés. Porque hace bastante que no sos capaz de mirar el sol y agradecer que estás vivo.
– El sol me hace mal a los ojos, lo sabés.
– Y vos me hacés mal a mí. Enterate.
– Si hay algo que hicimos bien, fue justamente lo que no hicimos. Tener chicos. No me gustaría ser el hijo de una pareja como nosotros.
– ¿Pareja? ¿Somos eso? Las parejas confían uno al otro. Van para el mismo lado. Comparten.
– Vos no quisiste compartir conmigo.
– Eso no era compartir. Era hacer lo que vos querías. Sólo eso.
– Por hacerte caso me quedé aca, en esta ciudad de mierda. Me perdí la oportunidad de mi vida.
– ¿Llamás la oportunidad de tu vida a un trabajo en el culo del mundo?
– Asia menor no es el culo del mundo. Es una de la cunas de la civilización. Una de las fuentes del conocimientos y del mundo moderno.
– Linda mierda debe ser esa cuna si crió a este mundo moderno.
– ¿Y tu arte? ¿Adonde nos conduce?
– A mí me lleva lejos. Me da una razón para vivir. Y la plata que usamos para comer todos los días.
– Pensaba en mi viejo. Cuando comencé la universidad, se puso contento que me dejara de joder con la música. “Eso del arte es para faloperos” me decía. “Nunca vas a poder vivir de la guitarrita”. Si me viera ahora, un doctorado, dos posgrados, tres especialidades y morfando de lo que dan tus cuadros.
– Cuando decidí dejar medicina, mi mamá se puso muy contenta. Me apoyó. Hasta me acompañó a anotarme en el taller de escultura y dibujo. Será que venimos de maderas distintas.
– Tu mamá, otra loca. Mejor que se meta en su vida.
– Se interesa por lo que me pasa, siempre me apoyó.
– Si, y en cada muestra se chupa todo el vino. Otra cosa que heredás de ella. Vos por lo menos no hablás boludeces después de la segunda copa de tinto.
– Algo bueno tengo entonces.
– Nunca dije que no tengas cosas buenas. Sólo es que me cuesta verlas.
– Andá al oculista.
– Boluda.
– Ya está la comida, llevá el jugo y las servilletas, yo llevo lo demás.
– Para mí con mayo…
– Si ya sé, y una rodaja de tomate.
– ¿Renuncia? Pero si su cátedra es la más numerosa
– Hace un mes me dijo que ya no me hacía entender. Lo estuve pensando. Tiene razón.
– ¿Pensó en sus alumnos?
– Si, en ellos pensé cuando tomé la decisión.
– y ¿de qué va a vivir? La edad no le da para jubilarse.
– ¿Desde cuando se interesa por cómo voy a vivir? Siempre me pagaron un sueldo de mierda, nunca me alcanzó para nada. Y ¿ahora le preocupa mi subsistencia?
– Sabe que los sueldos no dependen de mi. Los asigna el Ministerio de…
– Siempre tiene alguna boludez para argumentar. Me voy. Métase la cátedra en el orto. Y a todos esos pelotudos que no saben ni escribir, dígales que no los pienso extrañar. Es más ya me olvidé de ellos. Ni me acuerdo sus nombre. Ahí tiene, los últimos exámenes. No aprobó nadie.
– Y entonces ¿qué pensás hacer?
– Nada. Rascarme las pelotas.
– ¿Querés un café?
– ¿Por qué me cagaste con otro?
– ¡Otra vez con lo mismo! Ya te dije que no hay otro.
– Mentís.
– No. Se llama Cristina. No es otro.
– ¡Mierda!

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